domingo, 18 de julio de 2010
Manhattan Transfer
El crepúsculo redondea suavemente los duros ángulos de las calles. La oscuridad pesa sobre la humeante ciudad de asfalto, funde los marcos de las ventanas, los anuncios, las chimeneas, los depósitos de agua, los ventiladores, las escaleras de incendios, las molduras, los ornamentos, los festones, los ojos, las manos, las corbatas, en enormes bloques negros. Bajo la presión cada vez más fuerte de la noche, las ventanas escurren chorros de luz, los arcos voltaicos derraman leche brillante. La noche comprime los sombríos bloques de casas hasta hacerles gotear luces rojas, amarillas, verdes, en las calles donde resuenan millones de pisadas. El asfalto rezuma luz. La luz chorrea de los rótulos que hay en los tejados, gira vertiginosamente entre las ruedas, colorea toneladas de cielo.
Novela escrita por el autor estadounidense John Dos Passos (1896-1970) en 1925.
Un profesor de la universidad me dijo que, al analizar cualquier obra literaria, siempre debe empezarse por el título.
Un título vanguardista para una obra vanguardista. La Manhattan Transfer fue una estación de tren, en Nueva Jersey, que servía de transferencia a Manhattan. Nueva York, la gran ciudad, contiene todos los elementos modernistas que agradaban a los vanguardistas: urbanismo, tecnología, progreso. Rascacielos, vehículos, comunicaciones. Velocidad y dinamismo. Fuerza y agresividad. Las grandes masas.
Transfer hace referencia a la metáfora principal de la novela. Nueva York aparece como un lugar de paso. Un puente —o una estación, término que quizá sería más correcto— para miles de personas. Unos que llegan y otros que se van. Una masa en constante movimiento.
Manhattan Transfer es una obra realista, no cabe duda, pero muy alejada del Naturalismo que Zola había definido medio siglo antes. La Vanguardia rompe la barrera del tiempo y del espacio. Para ellos, la tradicional línea temporal pasado-presente-futuro es fruto de la convención. El mundo moderno está protagonizado por la velocidad. Las comunicaciones otorgan instantaneidad. El cine conserva en el presente el tiempo pasado.
Se rompe la realidad y, como consecuencia, también el argumento. La novela es una obra coral; no existe un protagonista único que se enfrenta a los conflictos argumentales. En Manhattan Transfer se nos presentan las acciones de varios personajes y lo que les ocurre en un período de unos treinta años. Algunos aparecen una única vez y no vuelven a ser vistos en toda la obra. Otros aparecen desde el principio. Y casi todos acaban relacionándose de una forma o de otra. Se casan, se divorcian, tienen hijos. O aparecen en los periódicos. O se suicidan. En definitiva, la realidad queda establecida como un tejido de escenas sueltas que se fusionan, que se entremezclan formando el conjunto de la obra.
Para los realistas y los naturalistas decimonónicos, la realidad era la que conformaba la obra literaria. Los vanguardistas, en cambio, creen que la obra literaria debe convertirse en la realidad. En la única realidad posible. En Manhattan Transfer, el lenguaje se antepone a la realidad. Las palabras tienen protagonismo propio. Los colores, los olores y las caras de las personas. Todo aparece de forma fugaz, instantánea. Una fracción de segundo es suficiente para plasmar una impresión. Y después todo desaparece. Dos Passos consigue, al unir las palabras, llamar nuestra atención y nos obliga a fijarnos en el sentido de las expresiones. Con ello nos hace ver las imágenes que hay detrás del lenguaje.
Dos Passos modifica el lenguaje incluso en los propios diálogos (algo en lo que Galdós fue un maestro). Con la voluntad de dotar a la ciudad de un carácter múltiple y diverso, añade al inglés de los «nativos» —que no dejan de ser ellos mismos inmigrantes— las lenguas llegadas con cada oleada migratoria. Además, utiliza el lenguaje para encuadrar a los personajes en distintas clases sociales —algo tan antiguo como la Tragicomedia de Calisto y Melibea (La Celestina, para que nos entendamos) de Fernando de Rojas—. Los diálogos quedan cargados de neologismos, barbarismos y onomatopeyas.
John Dos Passos perteneció a la Generación Perdida —a la que también pertenecieron, entre otros, Steinbeck, Hemingway, Faulkner y Fitzgerald—, y, por lo tanto, introduce en su obra las preocupaciones propias de este grupo de escritores. Así, nos muestra una Nueva York abierta al mar, la puerta utilizada por los inmigrantes que llegan en busca de trabajo y que son marginados por el racismo y la xenofobia de todos aquellos que les hacen trabajar para ellos a cambio de un sueldo ínfimo.
Muestra los efectos de la Gran Guerra: cómo los que un día fueron héroes, los que lucharon por su país, son ahora los indeseables que luchan por encontrar un trabajo.
Representa también la época de los Felices años veinte —conocidos también, muy convenientemente, como Años Locos—, la época de los excesos y de la compra-venta de acciones que acabó de forma estrepitosa un jueves de 1929.
Pero, sin duda, lo mejor representado por Dos Passos en la novela es la tristeza. La melancolía de todos los que buscan el triunfo y la riqueza y se empeñan en alcanzarlos cuanto antes mejor, ya que no conseguirlo en la juventud es un fracaso. Y es precisamente el fracaso el que flota sobre todos los personajes a lo largo de la obra. Ambición, desesperación, apariencias e intereses, frustración. La búsqueda de una vida. De cualquier tipo de vida. Para eso está la otra puerta de Nueva York; la puerta trasera que lleva, como Jimmy Herf dice al cerrar la obra, a cualquier parte, «bastante lejos». En resumen:
—Oh, ninguno de nosotros sabe lo que quiere —saltó Martin—. Por eso somos una generación tan desgraciada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario