jueves, 18 de noviembre de 2010

Sobre el fracaso

«Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen los cuentos...
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con
cuentos...
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos...
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos...
Y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
Y sé todos los cuentos».
León Felipe, Nueva antología rota.

Según Sartre, el hombre es una «pasión inútil». Que seamos una pasión significa que tenemos el don de poder sentir, amar, desear... Y esos sentimientos nos permiten realizar y crear maravillosas obras. Sin embargo, somos una «pasión inútil» porque ese regalo que se nos ha otorgado es caduco, es finito. No perdura. Por eso da igual cuánto seamos capaces de sentir, qué alcance tenga nuestra pasión: todo desaparece al final. Todo ocurre entre, como diría Unamuno, dos nadas: la nada de antes de nacer y la nada de después de morir.

Schopenhauer dijo: «No hay nada fijo en la fugitiva vida, ni dolor infinito ni eterna alegría, ni permanente impresión, ni entusiasmo duradero, ni resolución elevada que subsista durante toda la vida». Es decir, ninguna pasión es permanente. Y los seres humanos somos conscientes de que la vida es, en definitiva, un gran fracaso porque todo cuanto sentimos desaparece con nosotros. Y de ahí nace el miedo al fracaso inherente a la condición humana.

Y el problema de tener sentimientos intensos, de aspirar a todo lo que tenemos idealizado, es que el miedo al fracaso es mayor todavía. Fracasar en todo aquello que supone un ideal y el límite de nuestros deseos implica un fracaso absoluto. Nuestro valor, por consiguiente, disminuye y no nos atrevemos y, en definitiva, no nos arriesgamos. Optamos por opciones menores, por menudencias inferiores antes que por nuestros ideales y nuestros sueños. Mas no arriesgarse para no fracasar es, en sí mismo, un fracaso. Y no arriesgarse en toda la vida hace que toda ella sea un fracaso. De aquí surge la infelicidad que nos acompaña todo el camino. Decantarse por la opción inferior —de decantarse por alguna, que no ocurre siempre— es la forma de aliviar el dolor si se llegase a fracasar en esa decisión. No es lo mismo fracasar en algo nimio y vacuo que en algo que representa nuestra mayor realización.

Es aquí, al ser conscientes de nuestra infelicidad derivada de nuestro fracaso inmanente, cuando entran en juego los condicionales: «Yo haría... yo querría... yo desearía...». Pero no. Esos condicionales no son más que un sueño. Convertimos nuestro deseo en un objeto abstracto que colocamos delante nuestro como la liebre delante del galgo. Así aliviamos ligeramente el dolor del fracaso permanente porque tenemos un pequeño atisbo de esperanza que nos permite continuar. Sin embargo, cuando la decisión equivocada que hemos tomado se vuelve contra nosotros, esa pequeña esperanza se torna insuficiente. Y volvemos a caer en lo mismo. Vivimos en un eterno bucle gobernado por nuestros miedos.

Esa es la realidad del ser humano. Pasamos nuestra vida equivocando nuestras decisiones —que, llegado el punto más extremo, se vuelven elecciones, que son muy diferentes a las decisiones— y volvemos a caer en el mismo error cuando tenemos que volver a decantarnos por una nueva opción. Pasamos toda nuestra vida siguiendo sueños hasta que es demasiado tarde y se terminan las opciones. Se terminan los sueños.

1 comentario:

Mariwaka dijo...

Muy buen texto, espero que al menos el enfoque sea desde un punto de vista positivo.

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