domingo, 16 de enero de 2011

Exámenes



Ya he entrado de pleno en una de esas maravillosas épocas que se dan dos (o tres, según si alguna decide irse a septiembre) veces al año: exámenes. En parte está bien porque es uno de esos momentos en que eres consciente de que has superado un paso del camino (o alguna sandez metafísica del estilo) o, para los más prosaicos, que queda menos para terminar la carrera.

Dejando de lado las chorradas románticas de superación y recompensa, sigo sin saber por qué demonios tengo, yo que soy filólogo (si me permiten denominarme como tal), aprender tantos datos de memoria. Ando liado ahora mismo con marcos de subcategorización, el modo de los verbos, el aspecto léxico y el aspecto formal y esas cosas que tanto agradan a los gramáticos. Pero, veamos, cuando termine la carrera no voy a trabajar sirviéndome únicamente de la memorística. ¿No deberían enseñarnos o, al menos, promover el trabajo analítico y de investigación? Por lo que me consta, en Europa suele hacerse una prueba a la que puedes acudir con un fichero que has tenido que preparar en un tiempo determinado. Pero claro, esto no es Europa. El tan discutido plan Bolonia no responde a la voluntad de mimetizar el plan europeo sino el plan norteamericano. Aunque, claro, a alguien se le ha olvidado incluir la vida de campus en el paquete. Y así nos pinta el pelo. Escaso y raleando, porque vamos de mal en peor.

A lo que iba, estas maravillosas épocas de comer apuntes de día y techo de noche (me da insomnio cuando estoy de exámenes, vaya usted a saber) me deja mucho tiempo para pensar entre verbo y verbo o entre poema y poema. En parte es bueno, porque parece que eso de pensar está pasando de moda y, como se suele decir, alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Pero en parte, no equitativa, es malo, porque a veces te topas con uno de esos puntos de inflexión en los que analizas qué tienes alrededor. Y siempre hay alguien que sale mal parado.

Llegado este punto es cuando me entran ganas de liar el petate a lo Fernando Ossorio. Pero sin tantos momentos de iluminación grequiana (les regalo la palabra, porque seguramente me la acabo de inventar). O mejor aún, me lío unos cuantos kilitos de dinamita al pecho y me meto en un lugar público. No, creo que eso es políticamente incorrecto. Y está mal visto. El «qué dirán» es lo que tiene.

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