domingo, 8 de mayo de 2011

Apariencias

Este cuatrimestre estoy estudiando la novela realista y naturalista decimonónica. Es inevitable, por lo tanto, estudiar la influencia de Cervantes en la novela moderna. Stendhal, Flaubert, Galdós, Clarín... Su presencia está muy marcada en todos ellos. Encontramos una gran cantidad de personajes que, como el hidalgo manchego, perciben la realidad que los rodea a su manera y tienen que adaptar lo real a su imaginación. El punto de partida es, casi siempre, la lectura. Alonso Quijano enloquece leyendo novelas de caballerías; Fabricio del Dongo comienza su aventura porque se cree las noticias mitificadas de las conquistas napoleónicas; Emma Bovary desea una vida que ha leído en las novelas sentimentales románticas, como Isidora Rufete recibe sus aspiraciones de la novela de folletín y Ana Ozores de la literatura romántica y de la mística; Amparo, la Tribuna del Pueblo, ha llegado a tal por leer periódicos revolucionarios. Todos ellos han creado su propio personaje, han escrito su propia novela, intentando encajarla en la realidad, y todos han terminado igual: han fracasado porque no han podido adaptar la realidad hostil al mundo imaginario creado por su percepción alterada. Casi todos ellos han cometido el mismo error: han creado un personaje anacrónico.

Lo mismo ocurre en nuestra realidad actual. Vivimos en un mundo hostil, invasivo, deshumanizado, de Grandes Hermanos, alfas y betas, que necesita desesperadamente a los hombres-libro de Bradbury. El capitalismo y la globalización conquistan a la humanidad y encauzan a las personas. Todo aquel que no encaje en el canon es un enemigo. De ser posible, lo idóneo es readaptarlo. De ser posible. Si no lo es, hay que eliminar su libertad para después ignorarlo. Marginarlo. Y los que sí están encauzados, las ovejas, tienen que recordar constantemente que ese elemento marginado es el enemigo. Es inferior.

Esto me recuerda a la metáfora del río. La sociedad actual es un río. Las ovejas, los conformistas, siguen el curso del río. Es muy sencillo: sólo tienes que dejarte llevar. Y que venga lo que sea. Las anti-ovejas, los que simplemente quieren llevar la contraria, van contra corriente. Es algo muy estúpido: no se sale del cauce; simplemente se va en la dirección contraria. Hay otros que están hastiados del mismo río de siempre. Salen del agua, cruzan la orilla, y se adentran en el bosque que rodea al río. Es la opción más difícil, porque ahí fuera hay un mundo hostil que no dudará en clavarte un puñal en la espalda. Pero hay que salir a buscar un camino propio.

Ese mundo hostil, controlado, impide el desarrollo de esos intrépidos que no quieren seguir el cauce. A la gente le cuesta definirse, y, por consiguiente, a la gente le cuesta saber qué quiere realmente. Los ignorantes no necesitan definirse: el río los definirá. Los demás no pueden definirse: están alienados. Por eso el quijotismo es una constante en esta sociedad. Quien más, quien menos, inventa un personaje, de una forma o de otra. Y eso no es malo. El problema viene cuando nuestro personaje es tan irreal que tenemos que convertir la realidad circundante para que nuestra creación resulte verosímil.

Y, claro, este mundo es el mismo mundo hostil de la novela. Alguien sale dañado. Si el único dañado es el creador del personaje, no hay problema. Es un Don Quijote atacando a un molino —a alguno conozco que se ha creado un personaje que tiene un poco de Rick Blaine, Gregory House y Sydney Carton, entre otros (el muy imbécil), y eso es autodestructivo pero poca cosa más—. Lo malo viene cuando alguien se inventa su personaje y arrastra a otros a la destrucción, como Isidora Rufete en La desheredada.

Llegamos así al juego de apariencias. A la gente le cuesta ver el interior de los demás (y algunos lo ponemos difícil con mil barreras, dicho sea de paso). A muchos no les importa un ardite. Es más sencillo buscar todos esos pequeños resortes, los elementos nimios y superficiales, y explotarlos todo lo que se pueda. ¿Para qué voy a molestarme en ver tu fondo, en comprenderte, si conozco tus aficiones y, hasta cierto punto, tu carácter y puedo utilizarlos? Una canción, una frase sin sentido, un SMS con palabras que no significan nada... Lo superficial. La deshumanización. El contrato social. Son las cláusulas que firma la gente a la hora de relacionarse con alguien. Pero eso no es tener una relación: es apuntalarla. Poner tablones cada vez que hace aguas. Es engañarse.

Es un juego de espejos. Yo actúo de una forma determinada y espero que tú también lo hagas. Me acostumbro a ti y me vuelvo descuidado. Si veo que algo falla, recurro a mi repertorio de cositas elementales y superficiales para volver a subir tu estima hacia mí. Todo vuelve a la normalidad; otra vez me vuelvo descuidado. Y repite.

Aun así, yo no pierdo la esperanza. Sé que no soy nadie para criticar porque, diablos, yo ni siquiera me relaciono con la gente. No lo hago por desprecio, ni por odio, sino por miedo. Tengo mucho que aprender y soy consciente de que mi personaje, de los autodestructivos, me lo impide. Pero poco a poco. Cada cosa a su tiempo.

Y no olvidemos que, en el juego de espejos, Don Quijote aprendió (¿o aprehendió?) de Sancho y Sancho aprendió (ídem) de Don Quijote.
«Su mentirosa fantasía, excitándose con enfermiza violencia, remedaba lo auténtico hasta el punto de engañarse a sí misma».

2 comentarios:

Yusep Palmu dijo...

Chapó, digno de una editorial

David N. Lloret dijo...

Escribe bien el muchacho. Ahora tus lectores queremos un poco de ficción, un relato corto, que te ayude a exteriorizar en forma de juego lingüístico tus ríos internos.

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