martes, 21 de junio de 2011

Introspección

He conectado con un tío, pero mi tendencia a echar todo a perder me ha dominado. […]
No ha echado nada a perder. La misión no consistía en fiarse de los demás a ojos cerrados, sino en que aprendiera que puede fiarse de ellos. […] ¿Por qué supone usted que le tratarían peor si supieran la verdad?

Ya han terminado los exámenes y han comenzado las vacaciones (más o menos: ahora toca buscar y, si los dioses de Asgard quieren, encontrar trabajo). Esto está muy bien en parte: se acabó, de golpe, el estrés. Los nervios no me los acabo de quitar de encima porque son una parte constante (en todas las acepciones de la palabra) de mi estado anímico. Pero el agobio propio de los finales de curso ha quedado atrás. Hasta de aquí a unos meses.

No obstante, he dicho que está muy bien en parte. Es decir, hay un lado negativo en esto (¿existe algo que no tenga una cara oculta?). Ahora me sobra el tiempo. Necesito estar continuamente ocupado para distraer la mente y así impedir que ésta se vaya a las nubes. Es lo que yo comparo con la vía purificativa de la mística, sólo que ellos lo hacían para hallar la iluminación a través de la mente y yo lo hago para acallarla. Es el «clic» en el cerebro del que hablaba Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc: un «clic» en la cabeza que me devuelva el sosiego.

Tengo un defecto (entre otros, para qué engañarnos) muy grande: me sobra energía y no sé canalizarla. Esto me lleva a las reflexiones introspectivas, y las reflexiones introspectivas me llevan a los insomnios. Apuntarme al gimnasio me ha servido bastante porque me desgasto físicamente, y eso me tiene bastante calmado. Sin embargo, en el justo momento en que ha terminado el curso, el gimnasio, que siempre ha sido el apoyo auxiliar, se ha mostrado insuficiente. Necesito algo más. Me siento como Fernando Ossorio, el protagonista de Camino de perfección, de Baroja:

Otras veces hubiera deseado dormir. Pasar toda la vida durmiendo con un sueño agradable, ¡qué felicidad! ¡Y si el sueño no tuviera ensueños! Entonces, aún felicidad mayor. Pero como el sueño está preñado de vida, porque en las honduras de esa muerte diaria se vive sin conciencia de que se vive, al despertar Ossorio y al no hacer gasto de su energía ni de su fuerza, esta energía se transformaba en su cerebro en un ir y venir de ideas, de pensamientos, de proyectos, en un continuo oleaje de cuestiones, que salían enredadas como las cerezas cuando se tira del rabito de una de ellas.
Decía, por ejemplo, inconscientemente, en voz alta, quejándose:
¡Ay, qué vida esta!
Y el cerebro, automáticamente, hacía el comentario.
«¿Qué es la vida? ¿Qué es vivir? ¿Moverse, ver, o el movimiento anímico que produce el sentir? Indudablemente es esto: una huella en el alma, una estela en el espíritu, y entonces, ¿qué importa que las causas de esta huella, de esta estela, vengan del mundo de adentro o del mundo de afuera? Además, el mundo de afuera no existe; tiene la realidad que yo le quiero dar. Y, sin embargo, ¡qué vida esta más asquerosa!»

Ya es tarde y tengo la mente a cien por hora. No puedo dejar de pensar, de reflexionar, de buscar respuestas a preguntas que nadie ha hecho, de encajar piezas en los múltiples rompecabezas que voy encontrando... Para mayor inri, los humanistas, como ya he dicho alguna vez, tenemos como material de trabajo las grandes pasiones del ser humano. Acabamos por empaparnos de ellas, de compartirlas, de fundirnos con ellas. Y para mí, que he sido siempre un espíritu romántico, eso puede llegar a ser un gran problema. Me ocurre como a Ana Ozores en La Regenta: la lectura me mueve a la reflexión, a la memoria, a la introspección, a la autocontemplación... Llámalo como quieras.

La cosa empeora cuando tengo algún problema, alguna inquietud o, peor aún, algún pesar. Como me ocurre ahora. Hay un pesar que vengo arrastrando desde que tenía veinte o veintiún años, y no consigo superarlo. Es un secreto a voces que tengo un problema enorme, un conflicto que me supera, en mis relaciones con la gente. Quiero que se me den bien pero no acaba de salirme. Y he llegado a un punto en el que me conviene que me salgan. Necesito que funcionen. Volvamos a Fernando Ossorio y su Camino de perfección.

Esto no creas que me ha molestado; lo que me molesta es que me encuentro hueco, ¿sabes? Siento la vida completamente vacía: me acuesto tarde, me levanto tarde y al levantarme ya estoy cansado; como, me tiendo en un sillón y espero la hora de cenar y de acostarme.
¿Por qué no te casas?
¿Para qué?
¡Toma! ¿Qué se yo? Para tener una mujer a tu lado.
[…]
Chico, no puedo. Estoy tan cansado, tan cansado...
Haz voluntad, hombre. Reacciona.
Imposible. Tengo la inercia en los tuétanos.
¿Pero es que te ha pasado alguna cosa nueva? ¿Has tenido desengaños o penas últimamente?
No; si fuera de mis inquietudes de chico, mi vida se ha deslizado con relativa placidez. Pero tengo el pensamiento amargo. ¿De qué proviene esto? No lo sé.

Me gustaría que se me diese bien, pero no sé ni siquiera dónde está el problema. ¿De quién es la culpa? ¿Mía? ¿De los demás? ¿Hay acaso un culpable?

El problema comenzó de bien pequeño. Desde siempre me ha costado integrarme en cualquier grupo porque siempre he sido diferente. No diré mejor ni peor, me quedo en ese simple «diferente». Cada cual que saque sus propias conclusiones.

Lo malo de ser diferente en el mundo en que vivimos es que te conviertes en un elemento negativo, peligroso. Eres una amenaza que hay que tener vigilada. Y te acaban alienando. Jamás se premia al que despunta: se le encañona con una Winchester de gatillo fácil y se le avisa que al menor movimiento imprevisto se disparará.

Por culpa de la educación de la vida (que no la casera; mis padres han sido unos maravillosos educadores), crecí pensando que no valía, que era inferior a los demás. Y me definí en función de esa idea.

Al llegar a los diecisiete años encontré a un amigo que era casi idéntico a mí. Por una parte estuvo muy bien: era la primera vez que tenía un amigo de verdad. Por la otra, encontrar a un alma gemela empeoró mi situación: los dos sabíamos que no encajábamos en el mundo que nos rodeaba. Nos sabíamos diferentes, alienados, y nos pusimos a la defensiva. Todo el mundo era nuestro enemigo y adoptamos un comportamiento hostil y arrogante.

Unos años después pasé a la ofensiva, siempre con la idea en la mente de que yo no valía. Como hacen los gatos al asustarse, me bufaba cada vez que sentía miedo. Me daba miedo (y me lo sigue dando) sufrir y sentirme despreciado por los demás. Para evitármelo, apartaba voluntariamente a todas las personas que me rodeaban con mi actitud agresiva. Pasé unos años intentando demostrar a todo el mundo que eran idiotas y que yo valía mucho más (y fíjate en lo estúpido que era cuando yo me sentía inferior a todos), aun sin pensarlo, únicamente para quedarme totalmente solo. Me convencí de que estaba mejor solo: sin sentimientos, sin apegos emocionales, me evitaría el sufrimiento.

Al final me acostumbré a la soledad. Cada vez que llegaba a un sitio nuevo, con gente nueva, buscaba los elementos negativos. Eso me ayudaba a rechazar a los demás. Llegué incluso a volverme autodestructivo: al creerme inferior, pensaba inconscientemente (¿o no?) que merecía lo peor. El castigo era mi única recompensa. Por eso he llegado a sentir algo por personas que sabía que iban a destruirme (y esto me ha estado pasando hasta hace bien poco).

Acabé por construirme un personaje que respondiese al carácter y la personalidad más acorde a la definición que de mí mismo había creado. Tomé elementos de diferentes personajes de ficción que pegasen con la pobre personalidad que había ido dibujando con los años: un poco de Rick Blaine, otro poco de Gregory House, algo de Sydney Carton...

Por culpa de esa definición tan bien esbozada ahora estoy atascado: el tiempo pasa y las oportunidades disminuyen.

Pasaron los años y cumplí veinticinco. Empecé a darme cuenta de que algo no funcionaba. La cosa no podía seguir así. Empecé a pedir consejo; llevaba tanto tiempo desconectado de la humanidad que ya no sabía qué tenía que hacer. Cómo tenía que comportarme. Dejé de buscar culpables y de lamentarme. El cambio estaba en mi mano; todo dependía de mi voluntad.

Recientemente (MUY recientemente, debo añadir), he empezado a ser consciente de mi valía, de mis virtudes. Ya no me siento inferior a nadie. Sigo sabiéndome distinto a los demás, pero no tanto. Incluso he llegado a sentirme orgulloso de mí mismo, de mis cosas buenas y de mis logros. Y me he propuesto cambiar. Va a ser duro, difícil, y llevará tiempo, pero sé que es verosímilmente posible.

No obstante, el cambiar no ha solucionado el problema del todo. Sigue existiendo el mismo miedo a relacionarme con los demás, pero con una fachada distinta. Ya no intento apartar a la gente de mi lado, pero, debido al miedo que tengo a fracasar, a caerles mal, a que me desprecien, marco una distancia con ellos. No consigo acercarme. Esto hace que me cree una mala imagen, porque desde su punto de vista debo parecer descuidado, frío, indiferente, cuando la realidad es que necesito urgentemente el contacto con los demás. Sólo que tengo la manía de no decir qué me duele y qué necesito. Y mucho menos pedir ayuda.

En definitiva, la voluntad de cambiar está ahí. Como hace poco que ha comenzado el proceso, todavía ando en pañales. Han sido muchos años de aislamiento. Soy el hombre del mito de Platón que abandona la caverna y se encuentra con los rayos del sol. Poco a poco me iré acostumbrando a la luz.

Ossorio se tendió vestido, y no pudo dormir un momento: veía caminos que se alargaban hasta el infinito, y él los seguía, y siempre estaba en el mismo sitio. De vez en cuando se despertaban sus sentidos; escuchaba avizorado por un temor sin causa, y oía afuera, en el silencio de la noche, el canto de los ruiseñores.

1 comentario:

David N. Lloret dijo...

Cuando empieces a sentirte orgulloso de tus puntos flacos, de tus defectos, y a verlo como un todo natural, junto a tus virtudes, entonces serás un poco más libre.
De todas maneras, no cambies del todo: permítete ser diferente, porque si la mayoría es una persona descerebrada, alienada, sin escrúpulos, o un simple borrego, no te lo aconsejo.

Uno que tiene también un blog :-)

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