Tal
vez muy tarde
nuestros
sueños se unieron
en
lo alto o en el fondo,
arriba
como ramas que un mismo viento mueve,
abajo
como rojas raíces que se tocan.
Pablo
Neruda, «La noche en la isla», Los
versos del Capitán
En una gran jaula, mucho
más grande que cualquier jaula que ningún pájaro haya visto jamás,
vivían tres carolinas. Llevaban una vida muy despreocupada, a salvo
en su gran jaula, porque las personas que las cuidaban las querían
mucho y nunca las dejaban solas. Era muy agradable despertar cada día
sabiendo que iban a tener comida nueva, y agua limpia, y
entretenimiento para divertirse toda la mañana, disfrutando de los
rayos del sol y la brisa fresca que entraban por el enorme ventanal
del salón.
A las tres carolinas les
encantaba la compañía de los humanos que vivían con ellas. Les
gustaba mucho que se acercasen a su jaula a silbarles, y a cantarles,
y a darles los buenos días.
—¡Buenos días, Zeus!
—que así se llamaba una de las carolinas— ¿Qué tal has dormido
hoy?
Los humanos disfrutaban
hablando con las carolinas, y todos los días pasaban varias horas
junto a ellas, diciéndoles cosas bonitas para hacerlas felices. Las
adoraban a las tres, especialmente a Milady, que era la más bella, y
solían tocar música para ellas. Principito, que era muy joven, era
el que más se regocijaba escuchando el viejo piano de cola del
salón. Y es que Principito era un soñador, mucho más que Zeus y
Milady, y las melodías del piano lo transportaban lejos, muy lejos
de la gran jaula en la que vivía.
Sus días transcurrían
con tranquilidad y serenidad. Cada mañana empezaba con un deleitoso
canto; después de desayunar, tocaba la limpieza de las plumas
—principalmente Milady, que era un poquito vanidosa— hasta estar
relucientes; a media mañana comenzaban los juegos: el columpio, las
campanitas, los espejos, y todos los juguetes que los humanos habían
colgado en los barrotes de la jaula; a mediodía las tres se echaban
una pequeña siesta para abrir el apetito; por la tarde, después de
comer, hacían lo mismo: canto, juegos y siesta hasta la hora de
cenar y de irse a dormir, por la noche. Era una vida feliz.
No obstante, algo
ocurrió a Principito, y dejó de ser feliz.
Hacía tiempo que
Principito se había enamorado de Milady, y, como era un soñador, lo
había hecho de forma intensa. El problema era que Milady no estaba
interesada en él, porque ella estaba enamorada de Zeus, que era más
grande y fuerte que Principito. Como se había enamorado de ella
intensamente, el dolor también era intenso. De repente, Principito
dejó de disfrutar de sus actividades diarias: ya no cantaba ni
jugaba, apenas comía, y la música del piano no le causaba la misma
sensación de regocijo de antes sino un sentimiento de melancolía y
pesar.
Como ya he dicho, Milady
era muy bella, pero eso la hacía un poco vanidosa y desdeñosa,
aunque eso más bien era una fachada que utilizaba para no sufrir,
porque en realidad era muy insegura. Principio no entendía por qué
estaba enamorada de Zeus; ella era buena, pero Zeus no. Zeus, grande
y poderoso, era malo y sólo se quería a sí mismo, pero le gustaba
mantener a Milady a su lado para sentirse más fuerte y seguro. Cada
vez que Milady se acercaba a Zeus, éste le picaba en la cabeza
mientras la miraba con severidad, pero Milady volvía a acercarse,
una y otra vez, mientras Principito miraba impotente desde su rincón.
Cuando comenzó la
desdicha de Principito, Zeus se hizo con el control de la jaula, y
ahora sólo mandaba él, lo que entristecía todavía más a
Principito, que nunca consiguió reunir el valor suficiente para
enfrentarse a Zeus. Al descubrir la debilidad de Milady y Principito,
Zeus terminó con la alegría y la tranquilidad: ya no había canto
por las mañanas, ni juegos, y cuando alguien intentaba comer, Zeus
les picaba para echarlos, y si alguno quería dormir, Zeus les
gritaba al oído para despertarlos. Así de malo era.
Principito era, por
naturaleza, tímido y reservado, y le gustaba mucho evadirse. Ahora,
más que nunca, soñaba despierto todos los días. Soñaba con
parajes lejanos, como los que imaginaba al escuchar el piano, y con
las nubes, y las estrellas, y las olas del mar. Deseaba conocer el
verdadero amor, pero no podía hacerlo en la jaula. Nada de lo que
anhelaba podía ocurrir en su jaula. Los barrotes habían dejado de
representar la seguridad del hogar; ya no había un hogar sino una
cárcel, una trampa. Principito pensó por primera vez en algo tan
complejo como la libertad, que hasta ahora no le había preocupado, y
la deseó, y, cuanto más la deseaba, más lloraba, porque no había
libertad en su jaula. Él quería ser como los otros pájaros,
aquellos que veía reír y jugar fuera, a través del enorme ventanal
del salón, por donde entraban los rayos del sol y la brisa fresca
que tan agradables le parecían antes.
Un día, se acercó a
Milady y se quedó observando su blanco plumaje, tan blanco como las
nubes con las que soñaba. No se atrevía a decirle nada porque
Milady tenía su actitud altanera de siempre, pero no se apartó de
ella porque veía que, en el fondo, estaba triste. Finalmente fue
ella quien, girando vanidosamente su cabeza, con la alta cresta
levantada, le dirigió la palabra a él:
—¿Qué quieres?
—¿Por qué estás
triste? —preguntó el torpe enamorado.
—¡Yo no estoy triste!
—exclamó Milady, con sus hermosos ojos llenos de lágrimas.
—Yo... creo que sí.
Si no estuvieses triste no llorarías, ni cantarías de forma tan
melancólica cuando crees que nadie te ve, ni observarías en soledad
la luna con tanta pena, como si esperases de ella una respuesta...
—Milady apartó su vista de él— ¿Lo ves? Creo que tengo razón.
—¡Pues no! ¡Soy muy
feliz aquí! ¡Y tú eres un tonto!
—No soy tonto... pero
sí estoy triste —musitó Principito. Al oirlo, Milady volvió a
mirar hacia él con curiosidad.
—¿Y tú... por qué
estás triste? —preguntó Milady.
—Quiero saber qué es
el amor, pero aquí no puedo. Y también quiero saber qué se siente
siendo libre, volando con los demás pájaros, y yendo de un lado
para otro. ¡Tiene que ser tan agradable y divertido! Lo malo es que
para hacer eso tendría que irme de la jaula, y me alejaría de ti...
y eso me da pena.
—Por mí puedes irte
cuando quieras. ¡No te quiero!
El comentario de Milady
apenó todavía más al pobre Principito, que se acurrucó en una
esquina y ocultó su linda cabecita amarilla debajo de las alas, para
que Zeus y Milady no lo vieran llorar.
Principito necesitaba
saber qué era el verdadero amor y experimentarlo él mismo. Se había
dado cuenta de que jamás podría estar con Milady, porque ella no
sabía qué era el amor. La única forma de encontrar lo que buscaba
era recorrer el mundo, tan enorme, tan vasto, sobre todo al
compararlo con su jaula, que antes le parecía tan grande y ahora tan
pequeña...
Unos días después
ocurrió algo inesperado. Una de las personas que les traía comida
nueva y agua limpia olvidó, en un tonto descuido, que no había
cerrado la puerta de la jaula. En un principio, Principito se alegró
mucho —¡con tanto ahínco había deseado poder salir de la jaula,
día tras día!—, pero, cuando se acercó al umbral, dudó. Sabía
que no podía volver una vez saliese, y tenía miedo: miedo a lo
desconocido, a la inmensidad, y a no encontrar lo que quería.
También le daba miedo dejar a Milady detrás, aunque le dolía
tenerla al lado siendo consciente de que jamás sería suya. Lo
meditó un rato, mirando a Milady y Zeus, y finalmente se decidió.
Se asomó a la puerta de la jaula, saltó, y se fue volando, cruzando
el gran ventanal del salón. Era libre.

2 comentarios:
Principito no tardará en olvidar a Milady para siempre, hasta el punto de parecerle graciosa la situación.
Triste, como la vida misma. Ojalá pronto pueda leer aquí algo más optimista :P
Espera a la segunda parte xD
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