miércoles, 1 de agosto de 2012

Viento, vuela conmigo - Primera parte




Tal vez muy tarde
nuestros sueños se unieron
en lo alto o en el fondo,
arriba como ramas que un mismo viento mueve,
abajo como rojas raíces que se tocan.

Pablo Neruda, «La noche en la isla», Los versos del Capitán

      En una gran jaula, mucho más grande que cualquier jaula que ningún pájaro haya visto jamás, vivían tres carolinas. Llevaban una vida muy despreocupada, a salvo en su gran jaula, porque las personas que las cuidaban las querían mucho y nunca las dejaban solas. Era muy agradable despertar cada día sabiendo que iban a tener comida nueva, y agua limpia, y entretenimiento para divertirse toda la mañana, disfrutando de los rayos del sol y la brisa fresca que entraban por el enorme ventanal del salón.
      A las tres carolinas les encantaba la compañía de los humanos que vivían con ellas. Les gustaba mucho que se acercasen a su jaula a silbarles, y a cantarles, y a darles los buenos días.
      —¡Buenos días, Zeus! —que así se llamaba una de las carolinas— ¿Qué tal has dormido hoy?
     Los humanos disfrutaban hablando con las carolinas, y todos los días pasaban varias horas junto a ellas, diciéndoles cosas bonitas para hacerlas felices. Las adoraban a las tres, especialmente a Milady, que era la más bella, y solían tocar música para ellas. Principito, que era muy joven, era el que más se regocijaba escuchando el viejo piano de cola del salón. Y es que Principito era un soñador, mucho más que Zeus y Milady, y las melodías del piano lo transportaban lejos, muy lejos de la gran jaula en la que vivía.
    Sus días transcurrían con tranquilidad y serenidad. Cada mañana empezaba con un deleitoso canto; después de desayunar, tocaba la limpieza de las plumas —principalmente Milady, que era un poquito vanidosa— hasta estar relucientes; a media mañana comenzaban los juegos: el columpio, las campanitas, los espejos, y todos los juguetes que los humanos habían colgado en los barrotes de la jaula; a mediodía las tres se echaban una pequeña siesta para abrir el apetito; por la tarde, después de comer, hacían lo mismo: canto, juegos y siesta hasta la hora de cenar y de irse a dormir, por la noche. Era una vida feliz.
      No obstante, algo ocurrió a Principito, y dejó de ser feliz.
     Hacía tiempo que Principito se había enamorado de Milady, y, como era un soñador, lo había hecho de forma intensa. El problema era que Milady no estaba interesada en él, porque ella estaba enamorada de Zeus, que era más grande y fuerte que Principito. Como se había enamorado de ella intensamente, el dolor también era intenso. De repente, Principito dejó de disfrutar de sus actividades diarias: ya no cantaba ni jugaba, apenas comía, y la música del piano no le causaba la misma sensación de regocijo de antes sino un sentimiento de melancolía y pesar.
     Como ya he dicho, Milady era muy bella, pero eso la hacía un poco vanidosa y desdeñosa, aunque eso más bien era una fachada que utilizaba para no sufrir, porque en realidad era muy insegura. Principio no entendía por qué estaba enamorada de Zeus; ella era buena, pero Zeus no. Zeus, grande y poderoso, era malo y sólo se quería a sí mismo, pero le gustaba mantener a Milady a su lado para sentirse más fuerte y seguro. Cada vez que Milady se acercaba a Zeus, éste le picaba en la cabeza mientras la miraba con severidad, pero Milady volvía a acercarse, una y otra vez, mientras Principito miraba impotente desde su rincón.
     Cuando comenzó la desdicha de Principito, Zeus se hizo con el control de la jaula, y ahora sólo mandaba él, lo que entristecía todavía más a Principito, que nunca consiguió reunir el valor suficiente para enfrentarse a Zeus. Al descubrir la debilidad de Milady y Principito, Zeus terminó con la alegría y la tranquilidad: ya no había canto por las mañanas, ni juegos, y cuando alguien intentaba comer, Zeus les picaba para echarlos, y si alguno quería dormir, Zeus les gritaba al oído para despertarlos. Así de malo era.
     Principito era, por naturaleza, tímido y reservado, y le gustaba mucho evadirse. Ahora, más que nunca, soñaba despierto todos los días. Soñaba con parajes lejanos, como los que imaginaba al escuchar el piano, y con las nubes, y las estrellas, y las olas del mar. Deseaba conocer el verdadero amor, pero no podía hacerlo en la jaula. Nada de lo que anhelaba podía ocurrir en su jaula. Los barrotes habían dejado de representar la seguridad del hogar; ya no había un hogar sino una cárcel, una trampa. Principito pensó por primera vez en algo tan complejo como la libertad, que hasta ahora no le había preocupado, y la deseó, y, cuanto más la deseaba, más lloraba, porque no había libertad en su jaula. Él quería ser como los otros pájaros, aquellos que veía reír y jugar fuera, a través del enorme ventanal del salón, por donde entraban los rayos del sol y la brisa fresca que tan agradables le parecían antes.
      Un día, se acercó a Milady y se quedó observando su blanco plumaje, tan blanco como las nubes con las que soñaba. No se atrevía a decirle nada porque Milady tenía su actitud altanera de siempre, pero no se apartó de ella porque veía que, en el fondo, estaba triste. Finalmente fue ella quien, girando vanidosamente su cabeza, con la alta cresta levantada, le dirigió la palabra a él:
      —¿Qué quieres?
      —¿Por qué estás triste? —preguntó el torpe enamorado.
      —¡Yo no estoy triste! —exclamó Milady, con sus hermosos ojos llenos de lágrimas.
     —Yo... creo que sí. Si no estuvieses triste no llorarías, ni cantarías de forma tan melancólica cuando crees que nadie te ve, ni observarías en soledad la luna con tanta pena, como si esperases de ella una respuesta... —Milady apartó su vista de él— ¿Lo ves? Creo que tengo razón.
     —¡Pues no! ¡Soy muy feliz aquí! ¡Y tú eres un tonto!
    —No soy tonto... pero sí estoy triste —musitó Principito. Al oirlo, Milady volvió a mirar hacia él con curiosidad.
     —¿Y tú... por qué estás triste? —preguntó Milady.
    —Quiero saber qué es el amor, pero aquí no puedo. Y también quiero saber qué se siente siendo libre, volando con los demás pájaros, y yendo de un lado para otro. ¡Tiene que ser tan agradable y divertido! Lo malo es que para hacer eso tendría que irme de la jaula, y me alejaría de ti... y eso me da pena.
     —Por mí puedes irte cuando quieras. ¡No te quiero!
     El comentario de Milady apenó todavía más al pobre Principito, que se acurrucó en una esquina y ocultó su linda cabecita amarilla debajo de las alas, para que Zeus y Milady no lo vieran llorar.
     Principito necesitaba saber qué era el verdadero amor y experimentarlo él mismo. Se había dado cuenta de que jamás podría estar con Milady, porque ella no sabía qué era el amor. La única forma de encontrar lo que buscaba era recorrer el mundo, tan enorme, tan vasto, sobre todo al compararlo con su jaula, que antes le parecía tan grande y ahora tan pequeña...
     Unos días después ocurrió algo inesperado. Una de las personas que les traía comida nueva y agua limpia olvidó, en un tonto descuido, que no había cerrado la puerta de la jaula. En un principio, Principito se alegró mucho —¡con tanto ahínco había deseado poder salir de la jaula, día tras día!—, pero, cuando se acercó al umbral, dudó. Sabía que no podía volver una vez saliese, y tenía miedo: miedo a lo desconocido, a la inmensidad, y a no encontrar lo que quería. También le daba miedo dejar a Milady detrás, aunque le dolía tenerla al lado siendo consciente de que jamás sería suya. Lo meditó un rato, mirando a Milady y Zeus, y finalmente se decidió. Se asomó a la puerta de la jaula, saltó, y se fue volando, cruzando el gran ventanal del salón. Era libre.

2 comentarios:

syxtem dijo...

Principito no tardará en olvidar a Milady para siempre, hasta el punto de parecerle graciosa la situación.
Triste, como la vida misma. Ojalá pronto pueda leer aquí algo más optimista :P

Sydney Carton dijo...

Espera a la segunda parte xD

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