jueves, 13 de septiembre de 2012

El sueño del caballero



«Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío».

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha

      Hace mucho tiempo, en una época muy distinta a la nuestra, mucho más sencilla, natural e inocente, vivía, en una remota aldea, muy lejana, un joven caballero llamado Erdrick. Desde que era pequeñito, Erdrick tuvo una única afición: las historias de caballeros. Era su única afición, sí, pero era una afición que ocupaba todo su tiempo. Habiendo aprendido a leer a muy temprana edad, enseguida devoró los mejores libros de caballerías, que se sabía casi de memoria; también adoraba acudir a la plaza de la aldea por las tardes para escuchar las epopeyas cantadas por los trovadores. Creció oyendo las grandes hazañas de los poderosos héroes del pasado, como la batalla entre Beowulf y Grendel, la muerte del dragón Fafner a manos de Sigfrido o el último estertor de Roldán, intentando romper su espada Durandarte contra una roca.
      Erdrick no sabía si esos héroes habían existido o, por el contrario, eran mitos pertenecientes a leyendas transmitidas de generación en generación; y no lo sabía porque para él no era importante. No es que estuviese loco, como le había ocurrido a un hidalgo manchego sobre el que había leído una vez, no; simplemente era un idealista, como demostraban sus ojos azul cielo, soñadores, y su falta de inquietud ante los problemas más mundanos, que tanto enloquecían a sus vecinos y familiares. Él se movía en un plano bastante alejado de la realidad chabacana y vulgar por la que se desplazaban todos los demás. Podía ver más cosas, cosas que casi nadie más veía porque a casi nadie más importaban. Erdrick era espiritual y sentimental, y poseía unos valores férreos y una nobleza diamantada. Ése era el don con el que había nacido.
      Sus valores provenían de las lecturas que había hecho durante su corta vida. En su idealismo, había depurado todas las historias de los elementos negativos, de los defectos de los héroes, de las máculas al honor y al valor. Se había quedado únicamente con lo más puro, lo limpio y lo superior, y había decidido que su vida consistiría en aplicar los valores adquiridos a la realidad que lo circundaba. Su intención no era vivir las mismas aventuras que sus héroes, es decir, intentar emularlos hasta el punto de creerse uno de ellos; lo que a Erdrick interesaba era ayudar a las buenas personas, a los que sufren, a los débiles, y consideraba que los valores de los héroes de la literatura le ayudarían a conseguirlo. El muchacho tenía una bondad natural e innata, y pensaba, en su inocencia juvenil, que ser poseedor de una ideología basada en la benevolencia y la sensibilidad le permitiría conseguir sus objetivos de ayudar a las personas que lo necesitasen. Era el objetivo de su vida, y por ello lucharía hasta su último aliento.
      De entre todos los valores sobre los que había leído, había uno que era para él el más importante, aquel por el que más valía la pena luchar: el amor. Romeo y Julieta, Beren y Luthien, María y Draco... lo sabía todo sobre ellos, y sobre muchos más, y estaba tan apasionado por ese sentimiento que todavía no comprendía —porque es necesario haberlo experimentado, haber amado y haber sido correspondido, para poder entenderlo—, que deseaba con ardiente anhelo que pasasen los años con rapidez para llegar a la edad en la que pudiese encontrar el amor verdadero.
      Se esforzó mucho durante su adolescencia para llegar a ser un caballero, que era el mejor camino para poder aplicar sus valores, y lo consiguió antes de alcanzar la edad adulta; tal había sido su empeño. El joven Erdrick estaba exultante, pese a que era consciente de que su camino iba a ser muy difícil, puesto que había elegido una senda repleta de soledad, y para alguien tan apasionado y sentimental como Erdrick, la soledad era una carga dolorosa. No obstante, era su decisión, y nada ni nadie podrían convencerlo de que volviese atrás. Una vez comenzada la caminata, sólo cabía avanzar; retroceder quedaba prohibido. Tenía que llegar a ser un gran hombre, alguien valioso y amado, costase lo que costase, por duro que fuese el viaje.
      Erdrick destacó tanto que pronto le llegó su primera misión: un grupo de bandidos estaba atemorizando a las pobres gentes de una humilde aldea, y alguien tenía que detenerlos. Erdrick recibió algunas monedas de bronce para equiparse, lo que tanto había esperado, y acudió velozmente al herrero de la corte para que le hiciese un equipo a medida. Su sueño era poseer una armadura de oro con incrustaciones de rubíes, amatistas y topacios y una espada de cristal, una maravillosa espada a la que pondría uno de los nombres que había leído en sus libros: Tizona, Excalibur, Joyosa, Arondight, Balmung... El herrero se rió de él, diciéndole que una armadura de oro y una espada de cristal eran muy bonitas, pero no podían usarse en la batalla: cualquier arma atravesaría la armadura con un único golpe, y la espada se partiría con la primera estocada. Lo más útil era utilizar equipamiento de hierro. La idea no acabó de entusiasmar a Erdrick, pero aceptó; después de todo, de nada servía equiparse como los héroes de las epopeyas si acababa muerto en la primera refriega.
      Una vez equipado, se dirigió al establo en busca de un caballo. En un principio imaginó que pondría al animal, un enorme equino de guerra, un nombre altisonante: Sleipnir, Babieca, Bucéfalo..., pero, viendo el chasco que se había llevado en la herrería, decidió no hacerse ilusiones y conformarse con un caballo normal con un nombre normal. Lo llamó, simplemente, Caballo.
      Erdrick ya era oficialmente un caballero. Era cierto que se sentía algo decepcionado por la cuestión del equipamiento y la montura, pero podía pasarlo por alto, aunque habría preferido que la vida real fuese más idealizada y menos prosaica. Se puso en marcha y llegó, antes de anochecer, al campamento de los bandidos. Esperó hasta que el sol se ocultó y observó la situación. Había cinco bandidos, sentados alrededor de una hoguera, armados con hachas de mano y espadas cortas y equipados con armaduras de cuero tachonado; alguno de ellos llevaba una daga en el cinto, pero nada más. No sería difícil terminar con ellos. Se agazapó detrás de un arbusto, lo suficientemente cerca de los bandidos para poder saltar sobre dos de ellos, que le daban la espalda, por sorpresa. Desenvainó su espada de hierro, se preparó, respiró hondo, y atacó. Cayó justo donde quería, entre los dos bandidos, y lanzó sendos espadazos, primero hacia la izquierda, después hacia la derecha. Al bandido de la izquierda le golpeó en la cabeza, haciéndole una brecha que lo dejó moribundo, y al de la derecha le hizo un tajo en la garganta, matándolo casi en el acto. Los otros bandidos, sorprendidos, no tardaron en reaccionar, abalanzándose sobre Erdrick. Dos de los bandidos, que se encontraban a la izquierda del caballero, atacaron con espadas cortas: el primero en atacar lanzó una estocada al corazón de Erdrick, pero por fortuna el peto de su armadura repelió el golpe, sufriendo solamente una pequeña abolladura; el segundo, un poco más torpe, bajó la espada ciegamente, sin apuntar a ninguna parte del cuerpo de Erdrick en concreto. Aun así, el golpe, que dio primeramente en el guantelete y después en la falda de la armadura, fue muy duro e hizo perder el equilibrio a Erdrick. El tercer bandido, situado a la derecha, aprovechó el traspiés para atacar con su hacha, asestando un brutal impacto en la hombrera derecha de la armadura de Erdrick, que se partió en dos. Afortunadamente, la hombrera había absorvido el golpe, y el hombro del caballero no resultó herido.
      Recuperando el equilibrio, y pese a tener el brazo derecho, con el que blandía la espada, muy dolorido, Erdrick contraatacó. Decidió que sería mejor acabar antes con el bandido del hacha, por parecerle más peligroso, y posteriormente terminar con los otros dos. Aprovechando que, después del hachazo que había lanzado, el bandido todavía no se había incorporado del todo, se tiró sobre él y buscó una abertura en la armadura de cuero, introduciendo la espada bajo su sobaco izquierdo, atravesando el cuerpo de lado a lado. Los otros dos bandidos, pese a seguir teniendo ventaja, comenzaron a estar asustados, y la fiereza con la que habían atacado unos segundos antes empezó a desvanecerse. Uno de ellos atacó, y Erdrick, ya recuperado de los golpes recibidos, lo esquivó con facilidad y tiró un tajo que le cercenó la mano con la que sujetaba la espada. Creyendo que ya estaba terminado, Erdrick encaró al otro bandido, pero el de la mano seccionada, habiéndole dado el caballero la espalda, sacó la daga de su cinto con la mano que le quedaba y saltó hacia Erdrick, quien, esquivándolo nuevamente, le cortó la cabeza con un certero golpe de espada. El último bandido, viéndose perdido, salió corriendo. Erdrick se apiadó de él y lo dejó marchar, sintiéndose satisfecho por haber cumplido su misión.
      Al día siguiente, habiendo regresado a la corte, contento en demasía por haber resultado útil a las personas de la aldea que había sido tiranizada por los bandidos, Erdrick oyó a unos guerreros en una taberna hablando sobre el pueblo que supuestamente había salvado. Y digo supuestamente porque, al parecer, el bandido al que Erdrick dejó escapar volvió la noche siguiente a la batalla a la aldea, rabioso y ávido de venganza, y prendió fuego a las pocas chozas que los aldeanos tenían, matando a toda la gente del pueblo. El pobre caballero estaba desolado; no podía concebir que su honor, el que lo había empujado a la misericordia con la que había perdonado al bandido, fuese el culpable de que las buenas personas a las que tenía que proteger estuviesen ahora muertas. Era incomprensible.
      Un tiempo después, todavía afectado por lo ocurrido, fue invitado a la corte de un lejano reino llamado Cornelia. Allí, en una fiesta celebrada en palacio, vio por primera vez a la princesa Sarah, una hermosa joven de tirabuzones rubios y ojos con el azul de mil zafiros, que enseguida llamó poderosamente su atención. La semana siguiente, dos días después de haber cumplido nuestro caballero los dieciocho años, volvió a ver a la princesa en los jardines de palacio. Ella, que también se había fijado en Erdrick durante la fiesta, se acercó a él y lo saludó. Charlaron y charlaron durante horas, bajo la luna y las estrellas del invierno, hasta que el sol comenzó a asomarse en el horizonte, dando la bienvenida al nuevo día. Se despidieron y Erdrick fue a su habitación, donde se durmió profundamente enamorado.
      ¡El amor! ¡El amor, por fin! ¡El verdadero amor! Era un sentimiento tan intenso, tan puro, que Erdrick estaba consiguiendo olvidar la tragedia de la aldea. ¡Esto era lo que el joven caballero había deseado desde que era niño! Había llegado el momento de demostrarle a otra persona su valía, su romanticismo, su capacidad de amar incondicionalmente, de estar siempre allí, no fallar nunca, no dejar de amar nunca. Se sentía plenamente preparado, y lo demostró día tras día. Poco sabía entonces que su sentimiento estaba a punto de caer en saco roto, a punto de desvanecerse como una lágrima en la lluvia.
      Un par de semanas después, llegó a Cornelia Garland, conocido por todos como el Caballero Oscuro. Erdrick había oído hablar de él: era un hombre presumido, egoísta e interesado, que había conseguido poder utilizando a los demás. Era, precisamente, todo lo contrario de lo que Erdrick y sus valores representaban, y por eso nuestro caballero lo odió desde el primer momento.
      Garland estaba interesado en Sarah, pero esto no preocupó a Erdrick: al fin y al cabo, todo el mundo sabía que Garland no quería realmente a Sarah; únicamente le interesaba hacer público un compromiso con ella para que la princesa de otro reino, que lo había rechazado, se pusiese celosa y lo aceptase. Además, Erdrick estaba convencido de que Sarah jamás se enamoraría de alguien como Garland, quien, después de todo, no valía tanto como él.
     El malvado caballero intensificó su acercamiento a la princesa, intentando convencerla de que se olvidase de Erdrick. Tan violenta fue su insistencia, que Sarah, finalmente, terminó por enamorarse de Garland y abandonó a Erdrick, destrozando su soñador corazoncito. El golpe fue tremendo e inesperado. Como ya le había ocurrido anteriormente, su idealismo le había impedido prepararse para un impacto semejante porque jamás habría imaginado que tamaña injusticia pudiese llegar a pasar. Volvía a encontrarse con algo que, para él, era inconcebible. El odioso Garland, no conforme con haberse quedado con la princesa, y sabiendo que ésta sentía en el fondo algo por Erdrick, la convenció para que atacase a nuestro caballero, para que lo odiase y despreciase. Sarah, al estar tan profundamente enamorada de Garland, aceptó. Sabía que si no hacía lo que él quería, corría el riesgo de que la dejase sola y buscase a otra, que era lo que él realmente quería.
      El pobre Erdrick estaba dolorosamente desolado y perdido. Tuvo que ver cómo Sarah, la mujer a la que tanto amaba, sufría por culpa de Garland, que la ignoró, la menospreció y la humilló. Sólo estaban juntos cuando Garland quería, y eran pocas veces: Garland prefería la compañía de las mujeres del burdel. Era muy difícil para Erdrick soportar esto. Le dolía profundamente ver que Sarah había preferido quedarse con un hombre tan abominable y no con él, que valía mucho más. Tanto le dolía, que tuvo que marcharse lejos de Cornelia.
      El pesar adquirido tras la tragedia de la aldea volvió repentinamente para golpear a Erdrick. Se sentía desubicado, sus valores tambaleándose, a punto de romperse en mil pedazos. Había aprendido una penosa lección: que todo el mundo está mejor solo. La gente sufría sola y moría sola, sin importar que uno fuese un gran hombre o un buen caballero. No obstante, Erdrick no podía renunciar a sus valores, a la vida que había decidido tener. Recordó lo que había prometido: retroceder estaba prohibido. Tenía que seguir luchando, pero esta vez acompañado únicamente por la más abrumadora de las soledades. No podía permitir que nadie volviese a hacerle daño. Se convirtió en un caballero andante, y vagó errante por las tierras.
      Erdrick acabó totalmente frustrado, ya que la humanidad era tan mezquina e hipócrita que no conseguía ayudar a nadie. Lo que es peor, encontró en sus viajes a muchas personas que preferían sufrir antes que luchar, y rechazaban la ayuda del pobre caballero. Además, aunque aún conservaba sus valores, la pasión con la que comenzó su vida de caballero estaba desapareciendo. Erdrick intentó, en varios momentos de desesperación, unirse a otros caballeros, con la esperanza de que, al recibir el apoyo de otros guerreros, podría ayudar a las personas. Sin embargo, no era capaz de aguantar mucho tiempo en ningún grupo, puesto que sus valores eran muy distintos a los de los demás, y no pudo encajar en ninguna parte. Se sentía cada vez más solo, y la gente que lo rodeaba no ayudaba a mejorar su situación. Necesitaba sentirse querido, pero todas las personas a las que conocía lo dejaban de lado, hasta que su dolor se hacía tan intenso que desaparecía sin despedirse.
      Al cumplir veintiocho años, diez después de haber conocido a Sarah, de la que nunca volvió a saber nada, Erdrick estaba muy cansado de viajar y de fracasar. Su ideal no tenía acomodo en el mundo hostil por el que viajaba; sus valores, agotados y moribundos, no valían para nadie más que para él. Seguía teniendo honor, pero nadie lo veía; seguía teniendo sentimiento, pero nadie lo apreciaba; seguía teniendo amor, pero nadie estaba allí para recibirlo. Su nobleza y su bondad pasaban desapercibidas, y él mismo las ocultó para que nadie pudiese arrebatárselas y para que nadie pudiese dañarle.
     Cuando Erdrick pensaba que no podía sufrir más, recordó tiempos más agradables, cuando su vida giraba en torno a sus lecturas, cuando su ideal todavía no había topado de frente con la realidad, y esbozó una sonrisa. Si pudiese volver a esos tiempos de ingenua felicidad... ¿Y por qué no? ¡Era perfectamente posible! Optó por abandonar la vida de caballero andante y convertirse en un ermitaño, retirado del resto del mundo, y dedicarse a cultivar la mente, refugiándose en el arte: música, pintura, filosofía, literatura... Acabó siendo un sabio, habiéndosele abierto todo un mundo ante los ojos, gracias a las grandes pasiones del ser humano que pudo aprender en sus estudios. Sus valores recuperaron la fuerza que había perdido, encontrando ahora acomodo en el arte que tanto amaba. Seguía estando solo, claro, y todavía sufría porque no podía aplicar sus valores al mundo que lo rodeaba —el amor, ese gran sentimiento, que se le seguía resistiendo...—, pero, al menos, ahora podía ver un rayo de esperanza en su oscuro camino. Esperanza...
      Las crónicas de Erdrick terminan aquí, y este narrador no conoce nada más sobre su vida. Nadie sabe qué ocurrió con Erdrick el Sabio, como finalmente se le conoció, después de su vida de ermitaño, aunque, sin duda, espero que consiguiese su objetivo. Quizá algún día alguien encuentre una nueva crónica que narre su madurez y el fin de sus días. Eso sería muy alentador. Quedémonos, de mientras, con la lección que nuestro valiente caballero, nuestro gran sabio, dejó para nosotros: avancemos siempre, mirando hacia delante, hacia el futuro, sin abandonar nunca nuestros valores, nuestros ideales y nuestra esperanza. Esperanza...

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