«Dichosa
edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre
de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de
hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga
alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas
dos palabras de tuyo y mío».
Miguel
de Cervantes, Don Quijote de la Mancha
Hace
mucho tiempo, en una época muy distinta a la nuestra, mucho más
sencilla, natural e inocente, vivía, en una remota aldea, muy
lejana, un joven caballero llamado Erdrick. Desde que era pequeñito,
Erdrick tuvo una única afición: las historias de caballeros. Era su
única afición, sí, pero era una afición que ocupaba todo su
tiempo. Habiendo aprendido a leer a muy temprana edad, enseguida
devoró los mejores libros de caballerías, que se sabía casi de
memoria; también adoraba acudir a la plaza de la aldea por las
tardes para escuchar las epopeyas cantadas por los trovadores. Creció
oyendo las grandes hazañas de los poderosos héroes del pasado, como
la batalla entre Beowulf y Grendel, la muerte del dragón Fafner a
manos de Sigfrido o el último estertor de Roldán, intentando romper
su espada Durandarte contra una roca.
Erdrick
no sabía si esos héroes habían existido o, por el contrario, eran
mitos pertenecientes a leyendas transmitidas de generación en
generación; y no lo sabía porque para él no era importante. No es
que estuviese loco, como le había ocurrido a un hidalgo manchego
sobre el que había leído una vez, no; simplemente era un idealista,
como demostraban sus ojos azul cielo, soñadores, y su falta de
inquietud ante los problemas más mundanos, que tanto enloquecían a
sus vecinos y familiares. Él se movía en un plano bastante alejado
de la realidad chabacana y vulgar por la que se desplazaban todos los
demás. Podía ver más cosas, cosas que casi nadie más veía porque
a casi nadie más importaban. Erdrick era espiritual y sentimental, y
poseía unos valores férreos y una nobleza diamantada. Ése era el
don con el que había nacido.
Sus
valores provenían de las lecturas que había hecho durante su corta
vida. En su idealismo, había depurado todas las historias de los
elementos negativos, de los defectos de los héroes, de las máculas
al honor y al valor. Se había quedado únicamente con lo más puro,
lo limpio y lo superior, y había decidido que su vida consistiría
en aplicar los valores adquiridos a la realidad que lo circundaba. Su
intención no era vivir las mismas aventuras que sus héroes, es
decir, intentar emularlos hasta el punto de creerse uno de ellos; lo
que a Erdrick interesaba era ayudar a las buenas personas, a los que
sufren, a los débiles, y consideraba que los valores de los héroes
de la literatura le ayudarían a conseguirlo. El muchacho tenía una
bondad natural e innata, y pensaba, en su inocencia juvenil, que ser
poseedor de una ideología basada en la benevolencia y la
sensibilidad le permitiría conseguir sus objetivos de ayudar a las
personas que lo necesitasen. Era el objetivo de su vida, y por ello
lucharía hasta su último aliento.
De
entre todos los valores sobre los que había leído, había uno que
era para él el más importante, aquel por el que más valía la pena
luchar: el amor. Romeo y Julieta, Beren y Luthien, María y Draco...
lo sabía todo sobre ellos, y sobre muchos más, y estaba tan
apasionado por ese sentimiento que todavía no comprendía —porque
es necesario haberlo experimentado, haber amado y haber sido
correspondido, para poder entenderlo—, que deseaba con ardiente
anhelo que pasasen los años con rapidez para llegar a la edad en la
que pudiese encontrar el amor verdadero.
Se
esforzó mucho durante su adolescencia para llegar a ser un
caballero, que era el mejor camino para poder aplicar sus valores, y
lo consiguió antes de alcanzar la edad adulta; tal había sido su
empeño. El joven Erdrick estaba exultante, pese a que era consciente
de que su camino iba a ser muy difícil, puesto que había elegido
una senda repleta de soledad, y para alguien tan apasionado y
sentimental como Erdrick, la soledad era una carga dolorosa. No
obstante, era su decisión, y nada ni nadie podrían convencerlo de
que volviese atrás. Una vez comenzada la caminata, sólo cabía
avanzar; retroceder quedaba prohibido. Tenía que llegar a ser un
gran hombre, alguien valioso y amado, costase lo que costase, por
duro que fuese el viaje.
Erdrick
destacó tanto que pronto le llegó su primera misión: un grupo de
bandidos estaba atemorizando a las pobres gentes de una humilde
aldea, y alguien tenía que detenerlos. Erdrick recibió algunas
monedas de bronce para equiparse, lo que tanto había esperado, y
acudió velozmente al herrero de la corte para que le hiciese un
equipo a medida. Su sueño era poseer una armadura de oro con
incrustaciones de rubíes, amatistas y topacios y una espada de
cristal, una maravillosa espada a la que pondría uno de los nombres
que había leído en sus libros: Tizona, Excalibur,
Joyosa, Arondight, Balmung... El herrero se rió
de él, diciéndole que una armadura de oro y una espada de cristal
eran muy bonitas, pero no podían usarse en la batalla: cualquier
arma atravesaría la armadura con un único golpe, y la espada se
partiría con la primera estocada. Lo más útil era utilizar
equipamiento de hierro. La idea no acabó de entusiasmar a Erdrick,
pero aceptó; después de todo, de nada servía equiparse como los
héroes de las epopeyas si acababa muerto en la primera refriega.
Una
vez equipado, se dirigió al establo en busca de un caballo. En un
principio imaginó que pondría al animal, un enorme equino de
guerra, un nombre altisonante: Sleipnir, Babieca,
Bucéfalo..., pero, viendo el chasco que se había llevado en
la herrería, decidió no hacerse ilusiones y conformarse con un
caballo normal con un nombre normal. Lo llamó, simplemente, Caballo.
Erdrick
ya era oficialmente un caballero. Era cierto que se sentía algo
decepcionado por la cuestión del equipamiento y la montura, pero
podía pasarlo por alto, aunque habría preferido que la vida real
fuese más idealizada y menos prosaica. Se puso en marcha y llegó,
antes de anochecer, al campamento de los bandidos. Esperó hasta que
el sol se ocultó y observó la situación. Había cinco bandidos,
sentados alrededor de una hoguera, armados con hachas de mano y
espadas cortas y equipados con armaduras de cuero tachonado; alguno
de ellos llevaba una daga en el cinto, pero nada más. No sería
difícil terminar con ellos. Se agazapó detrás de un arbusto, lo
suficientemente cerca de los bandidos para poder saltar sobre dos de
ellos, que le daban la espalda, por sorpresa. Desenvainó su espada
de hierro, se preparó, respiró hondo, y atacó. Cayó justo donde
quería, entre los dos bandidos, y lanzó sendos espadazos, primero
hacia la izquierda, después hacia la derecha. Al bandido de la
izquierda le golpeó en la cabeza, haciéndole una brecha que lo dejó
moribundo, y al de la derecha le hizo un tajo en la garganta,
matándolo casi en el acto. Los otros bandidos, sorprendidos, no
tardaron en reaccionar, abalanzándose sobre Erdrick. Dos de los
bandidos, que se encontraban a la izquierda del caballero, atacaron
con espadas cortas: el primero en atacar lanzó una estocada al
corazón de Erdrick, pero por fortuna el peto de su armadura repelió
el golpe, sufriendo solamente una pequeña abolladura; el segundo, un
poco más torpe, bajó la espada ciegamente, sin apuntar a ninguna
parte del cuerpo de Erdrick en concreto. Aun así, el golpe, que dio
primeramente en el guantelete y después en la falda de la armadura,
fue muy duro e hizo perder el equilibrio a Erdrick. El tercer
bandido, situado a la derecha, aprovechó el traspiés para atacar
con su hacha, asestando un brutal impacto en la hombrera derecha de
la armadura de Erdrick, que se partió en dos. Afortunadamente, la
hombrera había absorvido el golpe, y el hombro del caballero no
resultó herido.
Recuperando
el equilibrio, y pese a tener el brazo derecho, con el que blandía
la espada, muy dolorido, Erdrick contraatacó. Decidió que sería
mejor acabar antes con el bandido del hacha, por parecerle más
peligroso, y posteriormente terminar con los otros dos. Aprovechando
que, después del hachazo que había lanzado, el bandido todavía no
se había incorporado del todo, se tiró sobre él y buscó una
abertura en la armadura de cuero, introduciendo la espada bajo su
sobaco izquierdo, atravesando el cuerpo de lado a lado. Los otros dos
bandidos, pese a seguir teniendo ventaja, comenzaron a estar
asustados, y la fiereza con la que habían atacado unos segundos
antes empezó a desvanecerse. Uno de ellos atacó, y Erdrick, ya
recuperado de los golpes recibidos, lo esquivó con facilidad y tiró
un tajo que le cercenó la mano con la que sujetaba la espada.
Creyendo que ya estaba terminado, Erdrick encaró al otro bandido,
pero el de la mano seccionada, habiéndole dado el caballero la
espalda, sacó la daga de su cinto con la mano que le quedaba y saltó
hacia Erdrick, quien, esquivándolo nuevamente, le cortó la cabeza
con un certero golpe de espada. El último bandido, viéndose
perdido, salió corriendo. Erdrick se apiadó de él y lo dejó
marchar, sintiéndose satisfecho por haber cumplido su misión.
Al
día siguiente, habiendo regresado a la corte, contento en demasía
por haber resultado útil a las personas de la aldea que había sido
tiranizada por los bandidos, Erdrick oyó a unos guerreros en una
taberna hablando sobre el pueblo que supuestamente había salvado. Y
digo supuestamente porque, al parecer, el bandido al que Erdrick dejó
escapar volvió la noche siguiente a la batalla a la aldea, rabioso y
ávido de venganza, y prendió fuego a las pocas chozas que los
aldeanos tenían, matando a toda la gente del pueblo. El pobre
caballero estaba desolado; no podía concebir que su honor, el que lo
había empujado a la misericordia con la que había perdonado al
bandido, fuese el culpable de que las buenas personas a las que tenía
que proteger estuviesen ahora muertas. Era incomprensible.
Un
tiempo después, todavía afectado por lo ocurrido, fue invitado a la
corte de un lejano reino llamado Cornelia. Allí, en una fiesta
celebrada en palacio, vio por primera vez a la princesa Sarah, una
hermosa joven de tirabuzones rubios y ojos con el azul de mil
zafiros, que enseguida llamó poderosamente su atención. La semana
siguiente, dos días después de haber cumplido nuestro caballero los
dieciocho años, volvió a ver a la princesa en los jardines de
palacio. Ella, que también se había fijado en Erdrick durante la
fiesta, se acercó a él y lo saludó. Charlaron y charlaron durante
horas, bajo la luna y las estrellas del invierno, hasta que el sol
comenzó a asomarse en el horizonte, dando la bienvenida al nuevo
día. Se despidieron y Erdrick fue a su habitación, donde se durmió
profundamente enamorado.
¡El
amor! ¡El amor, por fin! ¡El verdadero amor! Era un sentimiento tan
intenso, tan puro, que Erdrick estaba consiguiendo olvidar la
tragedia de la aldea. ¡Esto era lo que el joven caballero había
deseado desde que era niño! Había llegado el momento de demostrarle
a otra persona su valía, su romanticismo, su capacidad de amar
incondicionalmente, de estar siempre allí, no fallar nunca, no dejar
de amar nunca. Se sentía plenamente preparado, y lo demostró día
tras día. Poco sabía entonces que su sentimiento estaba a punto de
caer en saco roto, a punto de desvanecerse como una lágrima en la
lluvia.
Un
par de semanas después, llegó a Cornelia Garland, conocido por
todos como el Caballero Oscuro. Erdrick había oído hablar de
él: era un hombre presumido, egoísta e interesado, que había
conseguido poder utilizando a los demás. Era, precisamente, todo lo
contrario de lo que Erdrick y sus valores representaban, y por eso
nuestro caballero lo odió desde el primer momento.
Garland
estaba interesado en Sarah, pero esto no preocupó a Erdrick: al fin
y al cabo, todo el mundo sabía que Garland no quería realmente a
Sarah; únicamente le interesaba hacer público un compromiso con
ella para que la princesa de otro reino, que lo había rechazado, se
pusiese celosa y lo aceptase. Además, Erdrick estaba convencido de
que Sarah jamás se enamoraría de alguien como Garland, quien,
después de todo, no valía tanto como él.
El
malvado caballero intensificó su acercamiento a la princesa,
intentando convencerla de que se olvidase de Erdrick. Tan violenta
fue su insistencia, que Sarah, finalmente, terminó por enamorarse de
Garland y abandonó a Erdrick, destrozando su soñador corazoncito.
El golpe fue tremendo e inesperado. Como ya le había ocurrido
anteriormente, su idealismo le había impedido prepararse para un
impacto semejante porque jamás habría imaginado que tamaña
injusticia pudiese llegar a pasar. Volvía a encontrarse con algo
que, para él, era inconcebible. El odioso Garland, no conforme con
haberse quedado con la princesa, y sabiendo que ésta sentía en el
fondo algo por Erdrick, la convenció para que atacase a nuestro
caballero, para que lo odiase y despreciase. Sarah, al estar tan
profundamente enamorada de Garland, aceptó. Sabía que si no hacía
lo que él quería, corría el riesgo de que la dejase sola y buscase
a otra, que era lo que él realmente quería.
El
pobre Erdrick estaba dolorosamente desolado y perdido. Tuvo que ver
cómo Sarah, la mujer a la que tanto amaba, sufría por culpa de
Garland, que la ignoró, la menospreció y la humilló. Sólo estaban
juntos cuando Garland quería, y eran pocas veces: Garland prefería
la compañía de las mujeres del burdel. Era muy difícil para
Erdrick soportar esto. Le dolía profundamente ver que Sarah había
preferido quedarse con un hombre tan abominable y no con él, que
valía mucho más. Tanto le dolía, que tuvo que marcharse lejos de
Cornelia.
El
pesar adquirido tras la tragedia de la aldea volvió repentinamente
para golpear a Erdrick. Se sentía desubicado, sus valores
tambaleándose, a punto de romperse en mil pedazos. Había aprendido
una penosa lección: que todo el mundo está mejor solo. La gente
sufría sola y moría sola, sin importar que uno fuese un gran hombre
o un buen caballero. No obstante, Erdrick no podía renunciar a sus
valores, a la vida que había decidido tener. Recordó lo que había
prometido: retroceder estaba prohibido. Tenía que seguir luchando,
pero esta vez acompañado únicamente por la más abrumadora de las
soledades. No podía permitir que nadie volviese a hacerle daño. Se
convirtió en un caballero andante, y vagó errante por las tierras.
Erdrick
acabó totalmente frustrado, ya que la humanidad era tan mezquina e
hipócrita que no conseguía ayudar a nadie. Lo que es peor, encontró
en sus viajes a muchas personas que preferían sufrir antes que
luchar, y rechazaban la ayuda del pobre caballero. Además, aunque
aún conservaba sus valores, la pasión con la que comenzó su vida
de caballero estaba desapareciendo. Erdrick intentó, en varios
momentos de desesperación, unirse a otros caballeros, con la
esperanza de que, al recibir el apoyo de otros guerreros, podría
ayudar a las personas. Sin embargo, no era capaz de aguantar mucho
tiempo en ningún grupo, puesto que sus valores eran muy distintos a
los de los demás, y no pudo encajar en ninguna parte. Se sentía
cada vez más solo, y la gente que lo rodeaba no ayudaba a mejorar su
situación. Necesitaba sentirse querido, pero todas las personas a
las que conocía lo dejaban de lado, hasta que su dolor se hacía tan
intenso que desaparecía sin despedirse.
Al
cumplir veintiocho años, diez después de haber conocido a Sarah, de
la que nunca volvió a saber nada, Erdrick estaba muy cansado de
viajar y de fracasar. Su ideal no tenía acomodo en el mundo hostil
por el que viajaba; sus valores, agotados y moribundos, no valían
para nadie más que para él. Seguía teniendo honor, pero nadie lo
veía; seguía teniendo sentimiento, pero nadie lo apreciaba; seguía
teniendo amor, pero nadie estaba allí para recibirlo. Su nobleza y
su bondad pasaban desapercibidas, y él mismo las ocultó para que
nadie pudiese arrebatárselas y para que nadie pudiese dañarle.
Cuando
Erdrick pensaba que no podía sufrir más, recordó tiempos más
agradables, cuando su vida giraba en torno a sus lecturas, cuando su
ideal todavía no había topado de frente con la realidad, y esbozó
una sonrisa. Si pudiese volver a esos tiempos de ingenua felicidad...
¿Y por qué no? ¡Era perfectamente posible! Optó por abandonar la
vida de caballero andante y convertirse en un ermitaño, retirado del
resto del mundo, y dedicarse a cultivar la mente, refugiándose en el
arte: música, pintura, filosofía, literatura... Acabó siendo un
sabio, habiéndosele abierto todo un mundo ante los ojos, gracias a
las grandes pasiones del ser humano que pudo aprender en sus
estudios. Sus valores recuperaron la fuerza que había perdido,
encontrando ahora acomodo en el arte que tanto amaba. Seguía estando
solo, claro, y todavía sufría porque no podía aplicar sus valores
al mundo que lo rodeaba —el amor, ese gran sentimiento, que se le
seguía resistiendo...—, pero, al menos, ahora podía ver un rayo
de esperanza en su oscuro camino. Esperanza...
Las
crónicas de Erdrick terminan aquí, y este narrador no conoce nada
más sobre su vida. Nadie sabe qué ocurrió con Erdrick el Sabio,
como finalmente se le conoció, después de su vida de ermitaño,
aunque, sin duda, espero que consiguiese su objetivo. Quizá algún
día alguien encuentre una nueva crónica que narre su madurez y el
fin de sus días. Eso sería muy alentador. Quedémonos, de mientras,
con la lección que nuestro valiente caballero, nuestro gran sabio,
dejó para nosotros: avancemos siempre, mirando hacia delante, hacia
el futuro, sin abandonar nunca nuestros valores, nuestros ideales y
nuestra esperanza. Esperanza...


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